Transformació mediambiental

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Ja hem dit en altres butlletins, que la irrupció de les noves tecnologies ha representat un important desenvolupament de l’activitat comercial, adequant costos i el servei a una realitat més àgil i més profitosa.

Tot i això, la veritable revolució en el món del comerç serà, sens dubte, la sostenibilitat i el medi ambient. Aquí sí que caldrà estar preparats per aprofitar que la millora mediambiental vagi de bracet d’una millor  rendibilitat dels nostres negocis. És evident que l’adequació no serà fàcil, molts comerciants es quedaran pel camí. Més concretament, tots aquells que no entenguin la necessitat de treballar sota un model de sostenibilitat real, adequant les seves estructures logístiques a les demandes d’una societat cada vegada més exigent mediambientalment.

L’eliminació del plàstic, la limitació de la circulació dels vehicles de combustió, els impostos verds, la compra responsable, la implantació dels ODS (Objectius de Desenvolupament Sostenible), etc., faran que les nostres empreses s’hagin d’adequar mentalment i estructuralment a aquesta nova situació per poder competir els pròxims anys d’una manera potent i amb garanties de continuïtat.

Personalment, crec que la primera adequació hauria de ser la mental, creure en aquest futur; si és així, l’adequació estructural no tindrà cap problema.

 

Alejandro Goñi Febrer

President de PIMEC Comerç

Ja n’estic fart de funerals de Barcelona

Ja n’estic fart d’haver d’escoltar i de llegir, cada vegada que això passa, els relativistes de torn dient imbecil·litats del tipus: “Aquests que es queixen quan tanca una botiga de barri, quantes vegades hi han anat a comprar els últims deu anys?”.

Això seria com si tanqués el Liceu, ens queixéssim i aquests mateixos pesats diguessin: “Quantes vegades hi heu anat els últims deu anys?”. Una pregunta trampa, demagògica fins a la nàusea, que denota diverses coses: menyspreu per la historia, profunda insensibilitat i passió per l’economia per sobre de qualsevol cosa relacionada amb l’humanisme. Però, sobretot, una immoralitat fastigosa. En què creuen aquestes persones? Què habita al seu imaginari? Ja us ho diré jo en què creuen: en el mercat. Ja us ho diré jo què habita al seu imaginari: la competitivitat, la marca, l’èxit.

Tot això ve a tomb del tancament el proper dia 30 de la granja Vendrell del carrer de Girona. Noranta-vuit anys dempeus, passant de generació en generació de la mateixa família, i tanca per jubilació. El negoci està etiquetat d’emblemàtic, però ja sabem tots que això, a Barcelona, no serveix de gran cosa. Confia a poder traspassar-lo perquè pugui continuar endavant però la impossibilitat de vendre-hi beguda alcohòliques està frenant l’interès d’alguns candidats a explotar el local a partir d’ara. Impediments molt prosaics, trobo.

Bé, estic fent el que al principi semblava que volgués evitar: escriure un nou obituari. Suposo que no hi puc fer més. Suposo que, a la meva manera, encara m’estimo la meva ciutat. A pesar que l’estan trinxant. El recentment elegit nou consistori va dir, pocs dies després de la seva formació, que emprendria un seguit de mesures per frenar la colonització ultraliberal que assota Barcelona. No me’ls crec, esclar. Però a veure si en els propers mesos ens sorprenen amb alguna cosa.

Font: Toni Vall

Salvar el McDonald’s

fotoLos propietarios de la franquicia recurrirán la sentencia. McDonald’s insiste en que el negocio es deficitario. Pero los trabajadores dicen que han ganado una batalla importante. Reciben apoyos mediáticos. Entre ellos, el de Jean-Luc Mélenchon, el dirigente de la izquierda radical francesa y representante de Marsella en el Parlamento.

Hace veinte años, Mélenchon habría condenado a McDonald’s. El 12 de agosto de 1999, José Bové, sindicalista agrario y elaborador de queso roquefort, se convirtió en uno de los héroes del naciente movimiento antiglobalización al ponerse al frente de un grupo de ganaderos que desmanteló un edificio en obras de una franquicia de McDonald’s en Millau. La multinacional de la hamburguesa era para Bové, y para media Francia, el enemigo de su soberanía alimentaria. El asalto le costó una condena de cárcel de tres meses, pero catapultó a Bové al estrellato internacional.

La prensa anglosajona se sorprende gratamente por lo ocurrido en Marsella. McDonald’s, antes símbolo de la malbouffe, de la comida basura, es ­vindicado por los habitantes de una ­periferia olvidada de Francia. Aunque lo que de verdad sorprenda de toda
esta historia es que el McDonald’s de Saint-Barthélémy sea el último espacio de vínculo social en ese barrio aban­donado.

McDonald’s llegó a Marsella en 1992. En aquellos años, las cadenas de fast-food proliferaban en las periferias de las ciudades. Ahora esas periferias se están vaciando por los efectos de internet y del reparto de comida a domicilio. Cuando cierre el McDonald’s, las calles de Saint-Barthélémy quedarán vacías.

Font: Ramon Aymerich

La piel de mi barrio

Almudena GrandesLA PIEL DE LOS barrios se arruga y se reseca, envejece al mismo ritmo que la nuestra.

En algunas fechas concretas del año, hago memoria a la fuerza. No me lo propongo, ni siquiera me apetece expresamente, pero el calendario me empuja por las calles más familiares con imágenes, sonidos, sensaciones de otro tiempo.

Supongo que soy afortunada. Desde hace más de veinte años, vivo en la calle paralela a aquella en la que transcurrió mi primera infancia, y aún reconozco la inmensa mayoría de las fachadas, muchas tiendas. En cualquier caso, es notable la caducidad de los comercios de mi barrio. Muchos grandes negocios, con aparentes garantías de futuro, se hundieron antes de que yo lograra completar el periplo que me devolvió al lugar del que nunca debería haberme marchado. Sin embargo, ahí siguen las dos floristerías en las que compraba mi madre y ninguna de las dos ha cambiado mucho. La más grande conserva la decoración de siempre, y hasta el aire parece el mismo que respiré tantas veces siendo niña. La más pequeña sigue pareciendo un patio, imagino que incluso desde antes. Yo no la recuerdo de otra manera.

Desde mi casa hacia la glorieta de Bilbao, el catálogo de resistentes incluye un taller de reparación de calzado de los que no pueden quedar muchos en todo Madrid, dos farmacias, una churrería que estuvo muchos años cerrada antes de volver a ser un negocio floreciente, una ferretería y, eso sí, algunos bares. También sobrevive una peluquería de señoras, la decana en estas calles donde ahora brotan los peluqueros como setas después de la lluvia. Y un poco más allá, en la calle de Luchana, la papelería-imprenta Salazar. No recuerdo la primera vez que fui hasta allí, pero estoy segura de que mi cabeza no llegaba a la altura del mostrador, como no llegaron después las de mis hijos, que desde hace muchos años van allí por su cuenta. Para nosotros es, desde luego, un negocio familiar, porque a él acudimos todos los miembros de la familia, cada uno por sus propios motivos.

“El catálogo de resistentes incluye un taller de reparación de calzado, dos farmacias, una churrería, una ferretería y algunos bares”

Desde mi casa hacia la plaza de las Salesas, puedo contar mis recuerdos con los dedos de una mano. Está el mercado de Barceló, por supuesto, mucho más bonito ahora, en su inmaculada vestidura blanca, pero al cabo el mismo, porque en él siguen vendiendo y comprando, si no todos, sí muchos de los que llevamos décadas haciéndolo. Más allá, todavía abre sus puertas a diario una cestería casi inmortal, y la única pastelería superviviente de las muchísimas, buenísimas, que saciaron mis apetitos infantiles. Los vecinos de mi barrio siempre le agradeceremos al repostero catalán que la gestiona en la actualidad que no le haya cambiado el nombre, La Duquesita, y haya mantenido en lo esencial los muebles y la decoración. La misma gratitud guardo a los dueños de la óptica de la calle de Hortaleza que ocupa hoy el local del almacén de semillas Robustiano Grueso, las paredes revestidas de cajoncitos que me fascinaron durante tantos años intactas aún, como el letrero sobre la fachada. Sin embargo, la fabulosa frutería de la calle de Fernando VI ha caído, y la aún más esplendorosa pescadería que había enfrente cayó también, como tantas y tantas tiendas que hoy son peluquerías, tiendas de diseño, gimnasios, clínicas de fisioterapia y locales de tatuajes.

Todos los días camino por mi barrio. Paso por delante de todas estas tiendas, viejas y nuevas, y de los bazares chinos intercalados entre ellas, pero sólo hago memoria, y comparo el pasado con el presente, en algunas fechas concretas. Entonces, en Navidad, en Semana Santa, en algunos días muy fríos del invierno o muy calurosos de la primavera, vuelvo a andar de la mano de mi madre.

Con ella, este año, como todos los años, he recorrido estas calles buscando pan de torrijas. Lo he encontrado, pero he recordado, uno por uno, los lugares donde ya no lo venden. Y he comprado canela, molida y en rama, y leche, y azúcar, y limones, y he vuelto a casa cargada de ingredientes pero también de recuerdos, con la nostalgia anticipada de imaginar lo que sentirán mis hijos dentro de unas décadas.

Entonces, quizá no hagan ya torrijas, pero, si no se han marchado de nuestro barrio, llegarán a echar de menos todas esas peluquerías que a mí, ahora, me sobran.

Font: Almudena Grandes – El País