Salvar el McDonald’s

fotoLos propietarios de la franquicia recurrirán la sentencia. McDonald’s insiste en que el negocio es deficitario. Pero los trabajadores dicen que han ganado una batalla importante. Reciben apoyos mediáticos. Entre ellos, el de Jean-Luc Mélenchon, el dirigente de la izquierda radical francesa y representante de Marsella en el Parlamento.

Hace veinte años, Mélenchon habría condenado a McDonald’s. El 12 de agosto de 1999, José Bové, sindicalista agrario y elaborador de queso roquefort, se convirtió en uno de los héroes del naciente movimiento antiglobalización al ponerse al frente de un grupo de ganaderos que desmanteló un edificio en obras de una franquicia de McDonald’s en Millau. La multinacional de la hamburguesa era para Bové, y para media Francia, el enemigo de su soberanía alimentaria. El asalto le costó una condena de cárcel de tres meses, pero catapultó a Bové al estrellato internacional.

La prensa anglosajona se sorprende gratamente por lo ocurrido en Marsella. McDonald’s, antes símbolo de la malbouffe, de la comida basura, es ­vindicado por los habitantes de una ­periferia olvidada de Francia. Aunque lo que de verdad sorprenda de toda
esta historia es que el McDonald’s de Saint-Barthélémy sea el último espacio de vínculo social en ese barrio aban­donado.

McDonald’s llegó a Marsella en 1992. En aquellos años, las cadenas de fast-food proliferaban en las periferias de las ciudades. Ahora esas periferias se están vaciando por los efectos de internet y del reparto de comida a domicilio. Cuando cierre el McDonald’s, las calles de Saint-Barthélémy quedarán vacías.

Font: Ramon Aymerich

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Adéu, la Tralla

descargaSe’n va tot un món que feia brillar amb lletres la ciutat de Vic des d’un racó de plaça

Jo havia “treballat” a la llibreria El Clam, de la Pilar Cabot. Les cometes són perquè ho havia fet unes vacances de Nadal (els meus pares ho havien pactat amb la Pilar), no sé exactament a quina edat, però quan era adolescent, i, és clar, per més que jo llegís, de vendre no en sabia gens i em fa l’efecte que, més que ajudar, molestava. Quan la Pilar no mirava, em dedicava a llegir en algun racó, i llavors, és clar, arribava un client i em despertava del meu paradís de lletres i no sabia com plantar cara a la realitat.

El Clam va deixar d’existir i, amb els nous temps, suposadament lliures, va aparèixer la Tralla. Recordo que, als estius, hi baixava a comprar llibres des de Cantoni. Ho feia a la Tralla i a l’Anglada. Si un no tenia el que buscava, ho tenia l’altre (per cert, la llibreria Anglada mereixeria un gran article! Tants anys, tanta feina i tan ben feta…).

La Tralla tenia una cosa bona: els mil taulells i racons per perdre-s’hi remenant i fullejant, que és allò que tant ens agrada fer als que estimem els llibres. Hi havia silenci i ningú no et deia res si encastaves el nas als fulls per olorar-los, una de les coses més exquisides que es poden fer amb un llibre (a més de llegir-lo, per descomptat).

Ha passat el temps i la Tralla va canviar de lloc i va canviar de mans. Van obrir altres llibreries. El món del llibre ha anat evolucionant i adaptar-se als nous temps no ha estat gens fàcil, ho sé perquè parlo contínuament amb llibreters. Superar la crisi ha estat el pitjor. N’hi ha uns quants que ho han aconseguit, i hi ha llibreries que, tot d’una, sorgeixen del no-res com una mena de miracle. És per felicitar-les, és per alegrar-se’n i molt.

Però hi ha l’altra cara de la moneda. La mort d’una llibreria tan emblemàtica com la Tralla. Pensava sincerament que, ara ja, trigaria a veure com desapareixia una llibreria. I bé, no ha estat així. Amb la Tralla se’n va tot un món que feia brillar amb lletres la ciutat de Vic des d’un racó de plaça. Adeu a una ullada de sol, adeu a un bon pessic de vida.

Font: Blanca Busquets

La piel de mi barrio

Almudena GrandesLA PIEL DE LOS barrios se arruga y se reseca, envejece al mismo ritmo que la nuestra.

En algunas fechas concretas del año, hago memoria a la fuerza. No me lo propongo, ni siquiera me apetece expresamente, pero el calendario me empuja por las calles más familiares con imágenes, sonidos, sensaciones de otro tiempo.

Supongo que soy afortunada. Desde hace más de veinte años, vivo en la calle paralela a aquella en la que transcurrió mi primera infancia, y aún reconozco la inmensa mayoría de las fachadas, muchas tiendas. En cualquier caso, es notable la caducidad de los comercios de mi barrio. Muchos grandes negocios, con aparentes garantías de futuro, se hundieron antes de que yo lograra completar el periplo que me devolvió al lugar del que nunca debería haberme marchado. Sin embargo, ahí siguen las dos floristerías en las que compraba mi madre y ninguna de las dos ha cambiado mucho. La más grande conserva la decoración de siempre, y hasta el aire parece el mismo que respiré tantas veces siendo niña. La más pequeña sigue pareciendo un patio, imagino que incluso desde antes. Yo no la recuerdo de otra manera.

Desde mi casa hacia la glorieta de Bilbao, el catálogo de resistentes incluye un taller de reparación de calzado de los que no pueden quedar muchos en todo Madrid, dos farmacias, una churrería que estuvo muchos años cerrada antes de volver a ser un negocio floreciente, una ferretería y, eso sí, algunos bares. También sobrevive una peluquería de señoras, la decana en estas calles donde ahora brotan los peluqueros como setas después de la lluvia. Y un poco más allá, en la calle de Luchana, la papelería-imprenta Salazar. No recuerdo la primera vez que fui hasta allí, pero estoy segura de que mi cabeza no llegaba a la altura del mostrador, como no llegaron después las de mis hijos, que desde hace muchos años van allí por su cuenta. Para nosotros es, desde luego, un negocio familiar, porque a él acudimos todos los miembros de la familia, cada uno por sus propios motivos.

“El catálogo de resistentes incluye un taller de reparación de calzado, dos farmacias, una churrería, una ferretería y algunos bares”

Desde mi casa hacia la plaza de las Salesas, puedo contar mis recuerdos con los dedos de una mano. Está el mercado de Barceló, por supuesto, mucho más bonito ahora, en su inmaculada vestidura blanca, pero al cabo el mismo, porque en él siguen vendiendo y comprando, si no todos, sí muchos de los que llevamos décadas haciéndolo. Más allá, todavía abre sus puertas a diario una cestería casi inmortal, y la única pastelería superviviente de las muchísimas, buenísimas, que saciaron mis apetitos infantiles. Los vecinos de mi barrio siempre le agradeceremos al repostero catalán que la gestiona en la actualidad que no le haya cambiado el nombre, La Duquesita, y haya mantenido en lo esencial los muebles y la decoración. La misma gratitud guardo a los dueños de la óptica de la calle de Hortaleza que ocupa hoy el local del almacén de semillas Robustiano Grueso, las paredes revestidas de cajoncitos que me fascinaron durante tantos años intactas aún, como el letrero sobre la fachada. Sin embargo, la fabulosa frutería de la calle de Fernando VI ha caído, y la aún más esplendorosa pescadería que había enfrente cayó también, como tantas y tantas tiendas que hoy son peluquerías, tiendas de diseño, gimnasios, clínicas de fisioterapia y locales de tatuajes.

Todos los días camino por mi barrio. Paso por delante de todas estas tiendas, viejas y nuevas, y de los bazares chinos intercalados entre ellas, pero sólo hago memoria, y comparo el pasado con el presente, en algunas fechas concretas. Entonces, en Navidad, en Semana Santa, en algunos días muy fríos del invierno o muy calurosos de la primavera, vuelvo a andar de la mano de mi madre.

Con ella, este año, como todos los años, he recorrido estas calles buscando pan de torrijas. Lo he encontrado, pero he recordado, uno por uno, los lugares donde ya no lo venden. Y he comprado canela, molida y en rama, y leche, y azúcar, y limones, y he vuelto a casa cargada de ingredientes pero también de recuerdos, con la nostalgia anticipada de imaginar lo que sentirán mis hijos dentro de unas décadas.

Entonces, quizá no hagan ya torrijas, pero, si no se han marchado de nuestro barrio, llegarán a echar de menos todas esas peluquerías que a mí, ahora, me sobran.

Font: Almudena Grandes – El País

L’alternativa de les ciutats semiprivades

El PP ha presentat a la comissió d’economia del Congrés una proposició no de llei per crIuForn_8_300x300ear a Espanya el que es coneix com a Business Improvement Districts (BID). Ells en diran Districte de Millora Empresarial, però des de l’any 1969, quan al Canadà van crear el primer, ha rebut noms com Àrea de Millora de Negoci, Zona de Revitalització Econòmica o Àrea de Serveis Especials. A Catalunya, el Govern treballa en una figura que anomenen Comunitats de Promoció d’Iniciatives Empresarials.

La cosa va que tots els comerciants d’una zona (tots; si un de sol no hi vol contribuir, no hi ha BID) paguen una quota a l’Ajuntament per finançar serveis extres com llums de Nadal, promocions comercials o actes lúdics, però també més neteja i seguretat. El resultat és una gestió público-privada de zones comercials per fer-les més atractives. A favor? Revitalitzen el comerç de ciutat, tan castigat pels centres comercials dels afores, i hi porten turisme. En contra? En una mateixa ciutat pot haver-hi barris de primera i de segona, barris “bonics” i “lletjos” i barris que de la nit al dia es posin de moda, que això faci pujar els preus de pisos i locals i que els veïns de tota la vida hagin d’acabar marxant per la pressió especulativa. La cosa, portada a l’extrem (i salvant les distàncies), seria allò de: ¿permetem construir al poble una fàbrica contaminant, però que ens donarà feina? Salut a canvi de feina? Aquí entenc que del que es tracta és de fer front als monstres comercials que han despoblat els centres, però amb un dubte: els ajuntaments han d’intervenir en una iniciativa privada?

Font: Iu Forn – Diari Ara